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jueves, octubre 6, 2022

Empecemos con la enorme paradoja de que ésta es la película menos Tarantinesca y a la vez, es en esencia, Tarantino, aunque no el violento por naturaleza sino el juguetón que en su afán melancólico, reescribe la historia de una ciudad tan amada (L.A.) , ese amor estante en lo idealista, desdibuja la realidad de la ficción en lo que podríamos concluir por describir como una carta de amor a L.A. y a la presencia etérea de un ángel cuya vida fue tan gozosa como cortada de tajo (Sharon Tate).

Sin embargo, la película no se centra en la trágica noche que la industria perdió a una promesa de la actuación, sino en la historia de una promesa del western televisivo, Rick Dalton (un DiCaprio portentoso, histérico y demostrando por qué es el mejor de su generación) cuya estrella parece apagarse y sentir el relego en un ambiente que parece listo en deshacerse de él; también es la historia de su «bromance» con su doble de acción, Cliff Booth (un mega cool Brad Pitt, despojado de todo ego actoral, y el único que en verdad parece un personaje salido de la mente de Tarantino) quién más que su doble, parece ser su contraparte, la mitad centrada de un todo caótico como lo es Dalton.

La historia se mueve entre recuerdos de filmaciones pasadas (la escena con Bruce Lee es tan Tarantinesca como la de Bunny en el café de PULP FICTION, buenísima), paseos en auto por un L.A. perfectamente reproducido en este 2019 y es en esos recuerdos, esos paseos en auto que nos percatamos que esa ya no es una película típica de Tarantino y que podemos despreciarla por lo que no es, o seguirle el juego al director y sumergirnos en su visión melancólica de lo que añora de esos tiempos, de lo que quisiera conservar y por supuesto, de lo que sí en sus manos estuviera ( y lo está al menos en celuloide) cambiaría sin chistar, volcando toda esa ira consecuencia de lo inevitable.

Y se queda la película en eso, en un gran guiño melancólico de un angelino que no cuenta una historia, sino que invita a la audiencia, quién se preste boleto pagado o no, a apreciar ese gran «gracias» que el director le da a la ciudad de L.A. y a la actriz que marcó un antes y después en la inocencia (aparente) de una sociedad estadounidense que se registraba de un estado de «Peace and love» que solo maquillaba una bomba de tiempo que los seguidores del psicópata Charles Manson detonaron esa cálida noche de agosto de 1969. No puedo decir que la recomendaría ampliamente porque este producto es meramente para fans e incluso éstos se sentirán un tanto defraudados por no encontrar ese humor cáustico, esos diálogos, esas tramas intricadas. Lo que sí es que es un producto digno de admirar por el cuidado de su diseño, de su cuadro de actores y sobre todo, de ese logro de contagiar de melancolía y nostalgia por aquellos tiempos pasados que, como reza el dicho, casi siempre fueron mejores.

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